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He visto como cae el roció en una estela de finos rallos,
el verde iba impregnándose de rostros opacos,
y en el eucalipto de la vida, partían los sabores de las lagrimas,
se han enlazado una a una, bajo el relieve del cielo
formando el polvo que hoy acaricia mi rostro.
He sentido todo extraño en una tarde tranquila,
los sonidos de la gente se han concentrado en añoranza,
y el corazón ebrio, hervía con la sangre al quedarse liviano
después de nacer desde el vació de la inocencia.
He olido los olvidos cuando el pensamiento se acuesta
en mi pecho, de la única forma que entiende el brillo,
congestionado bajo las luces de hileras
que caminan en sendos oscuros, de tímidas penas
se arropan como secretos de tiernas infancias.
He deseado lo mínimo de un sueño,
las fallas de los sentimientos que hurgan
en ese puro estado que la naturaleza nos pone
en libres temblores arremolinándose en la venas.
He pintado mis mejores obras en lienzo grueso,
el pincel lleno de agua destinado a dar color a mis ojos,
con esa sutil belleza que dicen tener los Poetas,
y como una florecilla de palabras vanas
he saltado en los desiertos de amores varios,
despertando una y otra vez dentro del polvo,
ese que acaricia el rostro donde tal vez seamos.
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