como un río inmóvil que pierde la fuerza
de esa riqueza de la palabra,
y la libertad de haber sentido,
abrazándome a la adversidad de aquellos signos
furtivos que dieron vida propia a los sueños.
Todo se va desplazando,
sin aceptarme ni una sola vez,
el desquite de tanta gravitación,
que se ha desplazado como un rojo anaranjado
de aquel atardecer en que desee por un momento
que el mundo cambiase de rotación.
Una pelusa se atrinchera
como las estaciones que se zambullen en la carne
y ese alma cabizbaja se retuerce
sucesivamente en los conductos de la sangre,
convirtiendo en huracanes
el desequilibrio
donde la niebla va difuminándose
y caigo a las arenas donde la lluvia
va convirtiéndolas en heridas de abismos tan profundos,
que el sentarme al fondo,
se interrumpe el pensamiento oculto de la luz.

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